viernes, 15 de enero de 2016

Ultima carta de una romántica empedernida

No me andaré con rodeos, creo que le deseo. Deseo pasar toda la noche a su lado, perderme entre las sabanas blancas de su cama. Enredar mis brazos con los suyos, mi lengua con la suya, y su pelo con el mío… hasta fundirnos en un solo ser. No le negare que besaría, mordería y lamería cada centímetro de su piel. Tampoco negare que me perdería en cada recoveco que su cuerpo me proporcionara hasta memorizarlo por completo. No le negaría las noches, ni las madrugadas, ni los besos ni caricias prohibidas… No le negaría llegar al alba entre delirios lujuriosos y derroches de pasión. Quizá no le negaría nada por esa noche mágica, quizá la imaginación, la fantasía y la perversión se hicieran una sola regla y nos dominara por completo en una noche donde no existirían las reglas.
Cada palpitar que usted me provoca, cada latido que me roba, cada vez que hiciera arder mis labios y presos del desasosiego pidieran que respirara en mi haciéndome sentir su aliento, llenando el vacío inmenso de un amanecer que se retrasa entre agonías placenteras.

Es un hecho, muy señor mío, quizá lo deseo.



Pero al terminar esa noche despertaría a un día tras hacerle descansar dormitando en mi pecho, buscaría su mirada en el otro extremo de la almohada, y le sonreiría a la mañana por poder disfrutar de un despertar tan perfecto. Besaría sus labios, esta vez suavemente y con calma… queriendo curar todo el deseo que la noche anterior provocaron en mí. Le cogería de la mano hasta arrastrarlo al extremo de la cama y una vez de pie, me agarraría a su cintura y caminaría hacia la cocina sin soltarle ni por un segundo, para desayunar cualquier cosa y disfrutar una vez mas de su presencia. El desayuno seria solo un pretexto para discutir acaloradamente o debatir pausadamente cualquier tema que se le pasara por la cabeza, arrastrando sus ideas, exponiéndolas una a una sobre la mesa, centrándome en sus puntos de vista, oyendo con atención sus explicaciones y aprendiendo de su retorica perfecta. Cogería su mano, la apretaría fuerte y al terminar de comer, con cualquier excusa buscaría la manera de acercarme a su pecho y oír el latir de su corazón. No descansaría hasta que no encontrara en esa habitación su sonrisa y fuera ella la que me iluminara por completo.


Y tenga por seguro que en su ausencia, le escribiría y dedicaría los más intensos versos y las más hermosas líneas que jamás se han escrito.

Pero al caer la noche, al salir la luna llena y bajo un cielo estrellado, mi único deseo es que se repitiera la noche anterior una y otra vez de un modo cíclico y eterno.
Me atrevo a afirmar, que no solo lo deseo, sino que también, muy a mi pesar… lo quiero.

Hezerleid



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